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DERROTA ABSOLUTA DE LA IZQUIERDA BRITÁNICA

Brexit y Johnson: comienza el nuevo paradigma político. Por Julio Ariza

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La abrumadora victoria de Boris Johnson y del partido conservador en Gran Bretaña, la más importante desde la histórica de Margaret Thatcher de 1987, anuncia la andadura de un nuevo paradigma político, no solo en Inglaterra sino en el conjunto Europa. Las viejas recetas, los viejos debates, los dogmas del consenso socialdemócrata que han dominado Europa en los últimos tiempos han sido abandonados por los ingleses. 

La primera consecuencia de la victoria de Johnson, un verdadero outsider, es la estrepitosa derrota de la poderosísima oligarquía europea, de la que no se sentían parte. Inglaterra vuelve a ser una isla que ha derrotado el punto de vista continental. Los británicos acaban de decir que quieren seguir siendo distintos, singulares, tradicionales, excéntricos y difícilmente comprensibles. Inglaterra vuelve a ser esa isla que no se deja europeizar, no ya por la guerra, sino tampoco por la economía y menos aún por la política o los dogmas ideológicos continentales. Pero es una vuelta algo distinto, que está aún por determinar. 

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La segunda consecuencia es la derrota absoluta de la izquierda británica. Corbyn, que radicalizó el laborismo, transformándolo, y lo europeizó en un partido de izquierda radical continental de corte marxista, ha tocado su fin. Lo que surgirá volverá probablemente a sus señas de identidad y de moderación de defensa de los trabajadores. También el laborismo hará su propio Brexit ideológico y abandonará las tesis de la nueva, dogmática izquierda continental. El daño que los conservadores de Johnson han causado al laborismo no tiene precedentes: hay 24 distritos electorales enormemente emblemáticos  que han votado Tory por primera vez en décadas. 

La tercera consecuencia es que Inglaterra vuelve a tener un gobierno con amplia mayoría parlamentaria que puede comenzar a emprender las reformas pendientes. Ha sido un país bloqueado, paralizado, hipnotizado por el debate del Brexit, olvidando el debate de todos los demás asuntos que tiene pendiente el país. El primer ministro se dirigió a la nación a las 7 de la mañana del viernes y dijo que este enorme mandato electoral convierte al Brexit en la “decisión irrefutable, irresistible e indiscutible del pueblo británico”. Esa gran mayoría significa también que ya no está comprometido con la presión del UKIP, mientras que la afluencia de ex votantes laboristas en el Norte puede afectar las prioridades de su acuerdo comercial. Johnson tiene las manos libres. 

Johnson no posee la determinación de Thatcher, ni la visión estratégica Churchill. Tiene un carisma extraño, excéntrico, incomprensible para un continental. Es indudablemente un líder carismático y una persona brillante, y es muy posible que el confort de su mayoría super absoluta le deje manos libres para moderarse en el poder y actuar con mayor normalidad. Para empezar, ha dado un giro de 180 grados al partido conservador, que estaba debilitado, sumido en el caos del debate del Brexit y en un permanente goteo de deserciones y desavenencias internas.  El resultado abrumador de Johnson acaba con todo eso. Inglaterra vuelve tener una sola y poderosa voz ante la U.E., que es lo mejor que, en estas circunstancias, le podía pasar también a la Unión Europea: Los líderes comunitarios dieron realmente un suspiro de alivio el jueves por la noche cuando las encuestas adelantaron la aplastante victoria del partido conservador y, en consecuencia, la posibilidad de desbloquear una salida limpia y rápida, minimizando los daños. Altos funcionarios de la UE admitieron que todo el bloque continental estaba confiando en una gran victoria de Johnson, que permitiría al excéntrico primer ministro ser “pragmático” y construir la relación comercial más cercana posible con la UE después del Brexit. En definitiva, Boris Johnson ha desafiado la gravedad política para devolver a los conservadores al poder y marcar la agenda socio-política con una mayoría histórica e inapelable. Y lo más importante: ha rescatado al Brexit de su propia crisis. El Brexit, por ahora, ha dejado de ser un problema político interno para los ingleses y ha pasado a ser un desafío nacional, un proyecto de país. Ese es el significado del resultado electoral: Que Inglaterra inicia una nueva andadura bajo un paradigma distinto. A la U.E. le queda ahora salvar su propio proyecto continental, hacer reformas, democratizar instituciones, aportar transparencia, dejar de legislar casi en secreto con ignorancia de los ciudadanos europeos, trabajar para todos los estados por igual y abandonar ese sesgo pro-alemán o francófono que ha llevado a permanentes conflictos con el Reino Unido y a escorar los intereses de otras naciones.

La cuarta consecuencia es que, siendo cierto que Inglaterra vuelve a la unidad de decisión y a la estabilidad parlamentaria, paradójicamente, Gran Bretaña se adentra en un periodo de división e inestabilidad política sin precedentes. El resultado electoral deja Inglaterra en manos de Johnson pero pone Escocia e Irlanda en manos del independentismo. La presidenta escocesa acaba de pedir un segundo referéndum de independencia. Y tanto Escocia como Irlanda han encontrado una nueva bandera política: quieren ser europeas, no solo por una cuestión de mera identidad, sino porque económicamente les favorece la pertenencia a la U.E. Vamos a ver cómo la estupidez de Cameron (el Zapatero conservador británico) pone la U.K. al borde de su desintegración. Y vamos a ver también si la brillantez excéntrica de Johnson oculta en su interior un astuto negociador frente a Bruselas capaz de conservar algunos privilegios económicos para Escocia e Irlanda. En todo caso, el desafío independentista se acaba de poner en marcha. Y vamos a ver, finalmente, si la ceguera comunitaria ayuda o no a Escocia e Irlanda o si toma en consideración que la estabilidad de las fronteras también es esencial para todos los países de la Unión.

La quinta consecuencia es que Gran Bretaña “sale” otra vez del debate político de las instituciones europeas, de donde se derivan dos efectos: primero, el debate europeo se empobrece al perder el punto de vista británico, siempre imaginativo y contrario a ese excesivo afán regulatorio de la U.E.; y segunda, Inglaterra se libera del corsé mental que impone la nueva religión de la pequeña globalización europea y del imperio de lo políticamente correcto. 

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Sexta consecuencia. La burbuja de Londres está en estado de shock. Los encuestadores, los expertos, e incluso muchos políticos conservadores malhumorados, no pudieron ver uno de los realineamientos más espectaculares de la historia británica. Londres no es Inglaterra, como Nueva York no es EE.UU. Todo el establishment londinense, todos los analistas políticos, incluso la mayor parte de los ciudadanos de la metrópoli,  están en este momento quitándose el polvo de los ojos y comenzando a ver un nuevo país al que había ignorado. Más o menos como el establishment y los analistas continentales.

Hay muchas consecuencias más, que intentaremos ir modestamente desgranando y que no podemos abordar en un solo texto: Las consecuencias sociales y económicas para los británicos que viven en territorio comunitario o para los europeos que viven en suelo inglés; las consecuencias para la deslocalización de empresas, para el libre comercio de personas, mercancías y capitales, para las relaciones políticas, comerciales, económicas o de seguridad; las dificultades y vacíos del periodo transitorio, etc etc. 

Es muy probable que el Brexit no sea una brillante idea, sino todo lo contrario. Gran Bretaña se metió en un lío formidable cuando Cameron decidió jugar con su país de esa manera irresponsable. Probablemente todos lo lamentemos, aunque ese lamento carezca ya de valor y de utilidad alguna. Si van a marcharse, es mejor que el negociador tenga interlocución suficiente con la otra parte para buscar un acuerdo lo menos dañino posible. En todo caso, Inglaterra ya ha escogido. Dramatizar, en este caso, sirve para poco.  

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