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El País y el postperiodismo. Por Julio Ariza

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Decía Ortega y Gasset que la claridad es la cortesía del filósofo.  De un periodista, la claridad es un requisito. Vivimos tiempos realmente militantes, sectarios, profundamente ideologizados, en los que la verdad se ha hecho líquida y la realidad virtual, pero lo mínimo que se le puede pedir a un periodista es que no falte consciente, deliberada y militantemente a la objetividad tangible de los hechos. No hay periodismo si el periodista prescinde de los datos y pone en su lugar ensoñaciones ideológicas de propaganda.

Ayer mismo tuvimos otro ejemplo, a propósito de VOX. VOX ha pasado a ser el enemigo exterior del sistema, el partido político al que hay que cosificar, el “otro radical”, el chivo expiatorio sobre el que se desahogaran todos los demonios interiores ideológicos, como si se tratara de un partido judío en un régimen global y militantemente antisemita. 

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Ayer una información de El País titulaba: Los partidos aparcan la reforma de la Constitución para defenderla frente a Vox”. Curiosa reacción, en todo caso, de quienes han puesto la Constitución española al borde de su extinción, no mediante la reforma sino mediante actos concretos de mutación radical. Y añadía: “El deseo de Vox de suprimir el Estado autonómico» induce al resto de los partidos a no hacer ningún movimiento que no sea el de la defensa de la Constitución tal como está”. ¿Tal como está? Exacto: Hecha puré. Desobedecida, burlada, suspendida de facto en Cataluña. Una Constitución virtual. 

El resto del artículo giraba enteramente sobre la misma idea, hasta el punto de afirmar que los demás partidos han decidido aparatar sus propuestas de reforma constitucional y hacer una defensa férrea de la Constitución de 1978. ¿De verdad se cree la periodista su propia información? ¿Es realmente cierto? ¿Incurre deliberadamente en un acto de militancia, una especie de wishful thinking con la que se engaña a sí misma, o solo a sus lectores? ¿Alguien cree realmente que ERC o Bildu, cuyos líderes han sido condenados, unos por un delito de sedición contra la Constitución, otros por terrorismo sin más, han aparcado sus planteamientos de ruptura constitucional y están en su defensa? ¿Nos toma el pelo? Malos defensores tiene el régimen constitucional cuando se llaman Junqueras o Arnaldo Otegui. Mal defensor tiene la Monarquía Parlamentaria, eje constitucional, cuando se llama Pablo Iglesias. Mal defensor tiene en Pedro Sánchez cuando se ha empeñado en formar un gobierno provisional con los mayores enemigos de la nación. No se puede jugar con explosivos, tal y como decía hace unos días un viejo líder del PSOE. La política no es un juego de la play station, y cuando explota, tiene consecuencias en la vida real.

El voluntarismo informativo en favor de un pacto de gobierno de izquierdas con los grandes enemigos declarados no solo del régimen constitucional sino de España, no puede llevar a alterar hasta ese límite la realidad. Estamos entrando en el periodismo virtual, que no deja de ser una especie de postperiodismo. Realmente el criterio informativo de ciertos progresistas es como la pupila: cuanta más luz absorbe, más se cierra la visión del mundo exterior. Es un periodismo cegado por la consigna, que vive en la burbuja militante y desprecia el mundo exterior donde conviven españoles de muy distinto signo, incluso esos casi cuatro millones que han votado a VOX para defender la unidad de España, la monarquía parlamentaria, la libertad de expresión y de pensamiento, más allá de los dogmas oficiales, desde dentro del régimen constitucional.

VOX se ha definido desde el primer momento como un partido plenamente constitucionalista, uno de cuyos postulados, perfectamente legítimos, es la reforma o incluso la rectificación del desarrollo autonómico y la devolución de competencias al Estado. Y si fuera preciso, su sustitución por otro modelo territorial más eficiente, barato, limpio y sobre todo leal con España. Ya sabemos que eso le aterra al establishment clintoniano en que se ha convertido la otrora socialdemocracia española, que ha dado la espalda a los pobres para abrazar a Greta, que ha abandonado a las clases medias para defender las políticas de género, y que entre pensiones y despilfarro autonómico ha optado decididamente por este. Bien está. Pero ¿acaso no se puede opinar que la suma del descontrol territorial, de la autonomización de los partidos tradicionales y de la deslealtad del nacionalismo han llevado a este viejo país al borde de la ruptura y de la desintegración? ¿No se puede hacer este diagnóstico? ¿Prohíbe la Constitución la existencia de un partido neta y solamente nacional, vertebrador, unitario, que pida una rectificación en el sistema? 

Acusar a los que reclaman una rectificación (la rectificación del no es esto, no es esto de Ortega, ¿lo recuerdan?) de querer acabar con la Constitución no es solo una mentira visceral sino un aciago diagnóstico de lo que está pasando en España con la izquierda. ¿Acaso quería el gran Ortega acabar con la República cuando pidió su rectificación precisamente para salvarla del desastre que se venía encima? ¿Es esto que nos está pasando lo que proyectó el constituyente de 1978? ¿Estamos, cono nación, pero o mejor que entonces?

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No se puede blanquear a los que han dado un golpe de estado o legitimado el relato terrorista (y aquí hay que recordar al Pablo Iglesias de la Herriko Taberna) y luego demonizar, como grandes enemigos del pueblo, a quienes siempre han actuado dentro de la más estricta legalidad y quieren más Constitución Española y menos desintegración nacional.

Un poco de contención.  

No se puede abandonar de esa manera el periodismo. 

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